miércoles, 11 de febrero de 2009

Yemayá / Okutti

En una época muy remota, vivían en una tribu tres hermanas: Yemayá, Ochún y Oyá, quienes, aunque muy pobres, eran felices.


La mayor, Yemayá, se adentraba en el mar y pescaba para sostener a las otras dos hermanas; como Ochún cuidaba de la más pequeña, iba al río, cogía peces y piedras y los vendia.

Las tres hermanas se adoraban y vivían una para otra.

Un buen día, enemigos de la tribu invadieron su territorio y arrasaron con todo.

Como Ochún acostumbraba a amarrar a Oyá para que no se perdiese o hiciera alguna travesura mientras ella nadaba y se sumergia en el río, no sintió los gritos de Oyá, ni tampoco Yemayá, quien estaba muy lejos, en la costa.

Así, los enemigos se llevaron a Oyá como rehén.

Las dos hermanas se impresionaron tanto con la captura de la pequeña que Ochún, enferma de melancolía se consumió lentamente.

Pero había logrado conocer cuánto le costaría liberar a su hermana Oyá, y fue guardando poco a poco monedas de cobre.

Por fin llegó el momento de cerrar la transacción de rescate con el jefe de la tribu enemiga.

Este, quien sabia que Ochún era muy pobre, aceptó el dinero, pero le dijo que duplicaba el precio de la niña.

Ochún cayó de rodillas, suplicó y lloró, pero el jefe, perdidamente enamorado de ella, le pidió su virginidad a cambio de la libertad de su hermana.

Por el amor que profesaba a Oyá, Ochún accedió.

Ya ambas, de regreso a la casa, le contaron todo a Yemayá, y ella, en reconocimiento al gesto generoso de Ochún y para que Oyá nunca olvidara el sacrificio de su hermana, adornó la cabeza y los brazos de la pequeña con monedas de cobre.

Mientras Oyá estaba cautiva, Olofi había repartido los bienes terrenales entre los habitantes de su tribu: a Yemayá la hizo dueña absoluta de los mares; a Ochún, de los ríos; a Oggún, de los metales, y así sucesivamente.

Pero como Oyá no estaba presente, no le tocó nada.

Ochún imploró a su padre que no la omitiera de su representación terrenal.

Olofi, que quedó pensativo al percatarse de la justeza de la petición, recordó que sólo quedaba un lugar sin dueño: el cementerio.

Oyá aceptó gustosa, y así se convirtió en ama y señora del camposanto.

Por eso, Oyá tiene herramientas de cobre para mostrar su eterno agradecimiento al sacrificio de Ochún, come a la orilla del río, como recuerdo de su niñez.